LA GUERRA EN UCRANIA Y LA CUESTIÓN NACIONAL EN LA ERA DE LA MADUREZ IMPERIALISTA

Publicamos el texto del discurso de clausura de la conferencia/debate contra la guerra imperialista en Ucrania, celebrada en la sala “Big Bill Haywood” de Roma el 27 de marzo de 2022 y organizada por el Circolo internazionalista “Coalizione operaia” y Prospettiva Marxista.

Agradecemos Anìbal, del foro Inter-Rev, por la traducciòn.


Ni que decir tiene que para poder luchar, en general, la clase obrera debe organizarse en su propio país, en su propia casa, como clase, y que el interior de cada país es el campo inmediato de su lucha. Por eso su lucha de clases es nacional, como dice el Manifiesto Comunista, no por su contenido, sino “por su forma”. Pero “la esfera del Estado-nación actual”, por ejemplo del Reich alemán, está a su vez económicamente “en la esfera” del mercado mundial, políticamente “en la esfera” del sistema de Estados. […] ¿Y a qué reduce su internacionalismo el Partido Obrero Alemán? A la conciencia de que el resultado de su esfuerzo “será la hermandad internacional de los pueblos”, -una frase tomada de la Liga de la Libertad y la Paz burguesa, y que debe pasar como el equivalente de la hermandad internacional de las clases trabajadoras, en la lucha común contra las clases dominantes y sus gobiernos. K. Marx, Crítica del programa de Gotha, 1875

El obrero que antepone la unión política con la burguesía de “su” nación a la unidad completa con los proletarios de todas las naciones actúa, por tanto, en contra de sus propios intereses, de los intereses del socialismo y de la democracia. Lenin, Tesis sobre la cuestión nacional, 1913

Hasta unas horas antes del estallido del conflicto en Ucrania, ninguna de las diversas organizaciones o grupos que se autodenominan internacionalistas proletarios tenía nada que decir sobre la definición de la guerra que se avecina como una guerra imperialista, en ambos bandos. Han bastado unos días de intensa, omnipresente, total y violenta propaganda de guerra por parte de los medios de comunicación de las potencias imperialistas occidentales para que surjan perplejidades, segundas intenciones más o menos declaradas, enmiendas o sofismas respecto a la caracterización del conflicto actual y a las tareas de los revolucionarios internacionalistas.

La invasión del territorio ucraniano por parte de los tanques rusos y el insistente llamamiento del gobierno de la burguesía ucraniana a la “resistencia nacional” -amplificado por un martilleo mediático no visto en décadas- cambiaron las tornas.

La incapacidad estructural de la mayoría de los internacionalistas de “tiempos de paz” para resistir conceptual y emocionalmente a una campaña de propaganda tan capilar, metódica y eficaz, y las consecuencias de la difusión de esta propaganda sobre vastas capas de la clase obrera, salieron a la luz, revelando a su vez una comprensión superficial, una incapacidad para asimilar el método materialista de análisis del modo de producción capitalista y sus expresiones superestructurales, una adhesión puramente verbal a un internacionalismo proletario cuyas implicaciones y profundidad nunca se han captado del todo, una falta de confianza en el papel histórico de la clase obrera que, cuando no se ve como protagonista directa, se transforma en un afán por ponerse del lado de lo que tenga apariencia de movimiento, sin importar la dirección que éste tome. Por supuesto, este malentendido no es del todo accidental. Tiene sus raíces en una fase del ciclo de acumulación que ha generado un largo reflujo del movimiento obrero en todo el mundo. Este reflujo ha dejado a su paso, pero aún visible en sus efectos ideológicos sobre nuestra clase, las reliquias de una intelectualidad pequeñoburguesa y de estratos sociales intermedios puestos en marcha por las pasadas oleadas de lucha del proletariado. La expresión consciente de la clase revolucionaria no ha sido capaz, en su momento, de estructurarse como es necesario para afrontar la fase de reflujo sobre posiciones inevitablemente minoritarias pero al menos vitales. Es un retraso que nuestra clase actual está pagando con creces. Uno puede consolarse afirmando que teóricamente se han hecho las cuentas con el oportunismo y con el movimientismo maximalista, pero las condiciones de absoluta irrelevancia en las que se encuentra actualmente la autoconciencia proletaria -que, por supuesto, no podría representar mucho en el mejor de los casos-, no podría en el mejor de los casos representar mucho más que una pequeña reducción con sólidos vínculos en la clase- indican inequívocamente que también se han manifestado límites teóricos, cuyo reconocimiento, sin embargo, iría a menudo a socavar equilibrios consolidados, necesidades existenciales personales, rituales cómodos y liturgias a las que no se puede renunciar.

La guerra imperialista en Ucrania ha vuelto a poner en circulación entre una izquierda formalmente internacionalista toda una serie de palabras de moda y frases hechas que parecen actuar como un señuelo irresistible para muchos que no tienen la previsión de atarse estrechamente al mástil de la teoría marxista antes de saltar a las aguas infestadas de sirenas burguesas. “Agresión”, “invasión”, “resistencia”, “autodeterminación de los pueblos” son los más en boga en este momento. Al utilizar esta fraseología contra un “principismo internacionalista abstracto”, se hace frecuentemente referencia a la “concreción desprejuiciada” de Marx, Engels y especialmente Lenin.

Sin embargo, si se examina más de cerca, no se trata de una novedad absoluta en la historia del movimiento obrero.

En 1914, un socialista que pasaba por archirrevolucionario escribió:

…un Partido que quiere vivir en la historia y hacer historia -en la medida en que se le permite hacerlo- no puede someterse -bajo pena de suicidio- a una norma a la que se le da el valor de un dogma incuestionable o de una ley eterna alejada de las férreas necesidades del espacio y del tiempo. […] … no podemos “encerrarnos” en una fórmula si no queremos condenarnos a la inmovilidad. La realidad se mueve, y a un ritmo acelerado. Hemos tenido el singular privilegio de vivir en la hora más trágica de la historia del mundo. ¿Queremos ser -como hombres y como socialistas- espectadores inertes de este grandioso drama? ¿O no queremos ser -de una u otra manera- sus protagonistas? Socialistas de Italia, ojo: a veces ha ocurrido que la “letra” ha matado al “espíritu”. No salvemos la “letra” del Partido si eso significa matar el “espíritu” del socialismo [1].

Cuántas veces hemos escuchado esta vieja canción en las últimas semanas, en Italia y en el extranjero. El socialista “archirrevolucionario” y “antiprincipalista” que la cantaba se llamaba Benito Mussolini.

Fue Bordiga quien respondió que la melodía sonaba desafinada:

La preocupación por situarse en el ámbito de la realidad equivale a aceptar la insidia polémica -y práctica- de nuestros adversarios, que pretenden situar los principios del socialismo sobre otra base que la de la realidad que nos rodea, para demoler su potencial subversivo. […] El miedo a dejar que el presente sea arrollado por el pasado, mientras nos engañamos a nosotros mismos diciendo que estamos trabajando para el futuro, es exquisitamente reformista. El presente, cuando estamos a punto de desbordarlo, siempre clamará por el peligro contra las resurrecciones del pasado. El revolucionario marxista debería sacarnos de esta trampa [2].

Nuestros principios y análisis, si son marxistas, están siempre firmemente arraigados en la realidad que nos rodea. Y la concreción desprejuiciada de nuestros maestros se basaba en el mismo análisis materialista de la realidad social en el que se fundamenta también el principio indispensable del internacionalismo proletario, un principio científico, por tanto, no derivado de una ética metafísica.

Y sin embargo, hoy en día, muchos de los que viven con una sensación de pánico ante la posibilidad de que el “viejo formulario” internacionalista se apodere de la actualidad; muchos de los que viven con el terror de quedar “fuera” de una “historia” en la que nunca entraron -a pesar de todas sus contorsiones “tácticas” à la page- no tienen ningún problema de coherencia en aplicar mecánica y esquemáticamente la estrategia de Lenin de autodecisión de las naciones en las primeras décadas del siglo XX a la guerra de Ucrania. Esto es muy extraño, porque se trata precisamente de un ensayo del llamado “principismo” abstracto que reprochan a los demás: una actitud que se “abstrae” de la realidad de la maduración imperialista del mercado mundial y se aplana sobre un “principio”, el de la autodeterminación nacional, que, para el socialismo revolucionario, siempre ha estado subordinado al principio de la autodeterminación de clase del proletariado[3].

Si no se examina la dinámica real y las fuerzas actuales en el campo de la contienda imperialista mundial, no se puede entender el choque que tiene lugar en Ucrania, y entonces la similitud superficial con los hechos y las circunstancias de una fase diferente del desarrollo capitalista lleva a quienes no quieren o no son capaces de captar el método marxista -y nunca han compartido plenamente sus principios cardinales- a limitarse a reproponer formulaciones cuya génesis teórica y conexión profunda con la realidad que las hizo posibles y efectivas no se ha entendido.


Uno de los intentos “clásicos” de desestimar una postura coherentemente internacionalista sobre la guerra de Ucrania es equipararla con el punto de vista “luxemburguista”, yuxtaponiendo la crítica de Lenin al panfleto de Junius y haciendo arrogantemente una burda equiparación que sólo una lectura muy superficial puede hacer plausible.

No han faltado los intentos de hacerlo en los últimos días, acompañados de florilegios de citas reunidas con el sublime arte del cherry picking. Pero Lenin escribe:

Puede ser que la negación de las guerras nacionales en general sea simplemente una inadvertencia o un entusiasmo inconsciente por enfatizar la noción totalmente correcta de que la guerra actual es imperialista y no nacional. Pero como también es posible lo contrario, ya que se nota en varios socialdemócratas, por la falsa presentación de la guerra actual como guerra nacional, la negación errónea de todas las guerras nacionales, no podemos dejar de insistir en este error. Junius tiene toda la razón cuando subraya la importancia decisiva del “carácter imperialista” de la guerra actual, cuando afirma que detrás de Serbia está Rusia, que “detrás del nacionalismo serbio está el imperialismo ruso”, que -por ejemplo- la participación de Holanda en la guerra también tiene carácter imperialista, porque Holanda, en primer lugar, defiende sus colonias y, en segundo lugar, es aliada de una de las coaliciones imperialistas. Todo esto es irrefutable en lo que respecta a la guerra actual.Y cuando Junius llama especialmente la atención sobre lo que le parece el aspecto más importante del problema -la lucha contra el “fantasma de una guerra nacional”, “que domina la política socialdemócrata en la actualidad” (p. 81)- no se puede dejar de reconocer que su forma de razonar es correcta y totalmente adecuada[4].

Así, para Lenin, Junius/Luxemburg tenía “toda la razón”, y su razonamiento era “correcto y totalmente adecuado” cuando enfatizaba la importancia decisiva del “carácter imperialista” de la guerra de 1914-1918, cuando afirmaba que detrás del nacionalismo serbio estaba el imperialismo ruso y que la participación de Holanda en la guerra también tenía carácter imperialista, porque Holanda, en primer lugar, defendía sus colonias y, en segundo lugar, era aliada de una de las coaliciones imperialistas.

Pues bien, eso es exactamente lo que decimos sobre la actual guerra en Ucrania. Se trata de una guerra imperialista en ambos frentes en la que el elemento nacional sólo juega un papel marginal, aparte de su peso ideológico.

Lenin continúa:

El error sería sólo exagerar esta verdad, eludir la exigencia marxista de concreción, extender la evaluación de la guerra actual a todas las guerras posibles en la época del imperialismo, olvidar los movimientos nacionales contra el imperialismo. El único argumento a favor de la tesis: “no puede haber más guerras nacionales”, es que el mundo está hoy dividido entre un puñado de “grandes” potencias imperialistas, y que por tanto cualquier guerra, aunque sea nacional en sus inicios, se convierte en una guerra imperialista, porque siempre acaba tocando los intereses de una de las potencias o coaliciones imperialistas. Es obvio que este argumento no es correcto. Sin duda, el principio fundamental de la dialéctica marxista es que todos los límites, en la naturaleza y en la sociedad, son relativos y móviles; que no hay ningún fenómeno que no pueda, en determinadas circunstancias, transformarse en su contrario. Una guerra nacional puede convertirse en una guerra imperialista y viceversa [5].

Pero esta correcta observación de Lenin a Junius no nos involucra, ya que no negamos absolutamente la posibilidad de que las guerras nacionales progresistas puedan resurgir en el futuro. Es el resultado de un análisis materialista, no de una absolutización metahistórica, lo que nos lleva a reafirmar el principio internacionalista; lo que nos lleva a no encontrar en la actualidad movimientos nacionales contra el imperialismo sino dentro del imperialismo. En cada circunstancia evaluamos materialmente la realidad de las fuerzas en el terreno: las burguesías nacionales, las potencias imperialistas, las relaciones de clase, los movimientos políticos y, sobre la base del punto de vista de clase, nos esforzamos por elaborar indicaciones para el proletariado.

Preguntémonos cuántas naciones del mundo actual, además de la dominación económica y financiera, son verdaderas colonias subordinadas a la dominación política directa de otra nación, cuántas están incorporadas por la violencia dentro de las fronteras del Estado de otra nación. Respondiendo a esta pregunta empezaremos a hacernos una idea de las formas del imperialismo actual y, por tanto, también de las formas que adopta hoy la lucha contra él.

Mientras que en la época de Lenin la dominación imperialista todavía se superponía a la dominación colonial anterior, directamente política, hoy la dominación política del imperialismo está predominantemente mediada por la dominación financiera. El imperialismo maduro no se identifica con la necesidad de colonias precapitalistas en las que “realizar” la plusvalía producida en la madre patria, y las teorías “neocolonialistas”, que no ven en la explotación imperialista una dinámica de drenaje de plusvalía entre los diferentes grados de desarrollo capitalista, ocultan el hecho de que el imperialismo no sólo no necesita en absoluto la dominación colonial, sino que en realidad sufre de ella. De hecho, allí donde una burguesía suficientemente viable y revolucionaria ha conseguido sacudirse la dominación colonial, directamente política, ha sido posible poner en marcha una industrialización que ha ampliado enormemente las posibilidades de los países imperialistas de exportar capital por todo el mundo.

Una vez identificadas las nacionalidades que siguen siendo directamente oprimidas, debemos examinar concretamente la estructura socioeconómica de las regiones en las que se encuentran, su grado de diferenciación social interna, las relaciones entre las clases, las relaciones de las clases con los movimientos políticos y las relaciones de éstos y aquéllas con las distintas potencias imperialistas. Sólo entonces será posible, desde un punto de vista siempre estrictamente proletario, determinar una política internacionalista en la cuestión nacional y en la lucha contra el imperialismo.

En la actualidad, los focos de opresión nacional que aún existen en el mundo -en los que no creemos que encaje Ucrania- se limitan en su mayoría a las zonas de falla del imperialismo, a las intersecciones entre las esferas de influencia de las distintas potencias imperialistas. Las fricciones de décadas -en algunos casos de siglos- entre los contendientes, sin una prevalencia decisiva de uno sobre el otro, han transformado estas áreas en “zonas grises” del imperialismo, con una economía estrechamente vinculada a las necesidades de los países opresores y el comercio de los productos de una agricultura extremadamente atrasada. Comercio que enriquece principalmente a una pequeña y mediana burguesía mercantil muy débil, con poco o ningún interés en reinvertir su capital acumulado y dispuesta a venderse al mejor postor imperialista. En tales circunstancias, es muy difícil sostener que existe una burguesía nacional revolucionaria capaz de dirigir una lucha antiimperialista consecuente y, por otra parte, los asalariados -desde el punto de vista de la pertinencia social más que desde el punto de vista numérico- siguen siendo, por desgracia, una fuerza marginal en estas sociedades, dispersa en centenares de pequeñísimas empresas comerciales o terciarias. Evidentemente, la única respuesta a esta debilidad y a la corrupción de una burguesía compradora que mantiene su dominio social sólo por la gracia de los imperialismos a los que se vende alternativamente -al tiempo que alimenta un hipócrita fanatismo nacionalista- está en la más estrecha unión de los trabajadores de las nacionalidades oprimidas con el proletariado de los países opresores de la región. Una unión que, de lograrse, no puede satisfacerse con la mera resolución de “cuestiones nacionales”.

Como observó correctamente Lenin

Las exigencias individuales de la democracia, incluida la autodeterminación, no son un absoluto, sino una partícula del conjunto del movimiento democrático (hoy: del conjunto del movimiento socialista mundial). Es posible que, en ciertos casos individuales, la partícula esté en contradicción con el conjunto, y entonces debe ser rechazada. Es posible que el movimiento republicano de un país no sea más que un instrumento de las intrigas clericales o financieras, monárquicas, de otros países; entonces no debemos apoyar ese movimiento concreto; pero sería ridículo borrar por ello del programa de la socialdemocracia internacional la consigna de la república[6].

Para ceñirnos a las generalidades, sin entrar en demasiados detalles que exceden el ámbito de esta reflexión, creemos que entre los “casos individuales concretos” en los que la partícula está en contradicción con el conjunto, debemos incluir, por ejemplo, las cuestiones nacionales de Palestina y el Kurdistán, por no hablar de Afganistán, que tan recientemente ha provocado tantos giros temibles que incluso ha dado lugar a la broma de los talibanes como expresión política de una burguesía “revolucionaria” y antiimperialista.

Volviendo al folleto de Junius examinado por Lenin, en él, paradójicamente, Luxemburgo intenta adaptar el “programa nacional” de la época de la burguesía naciente a una guerra imperialista, y esta posición, más que la nuestra, nos parece muy parecida a la de quienes ensalzan la “resistencia nacional” ucraniana como “forma de lucha de clases” en las circunstancias actuales.

Para Lenin, de hecho, Junius/Luxemburg:

…propone “contraponer” la guerra imperialista al programa nacional. ¡Propone a la clase de vanguardia mirar al pasado y no al futuro! En 1793 y 1848, en Francia, en Alemania y en toda Europa, la revolución democrático-burguesa estaba objetivamente en el orden del día. Esta situación histórica objetiva correspondía al programa “efectivamente nacional”, es decir, nacional burgués, de la democracia de la época, programa aplicado en 1793 por los elementos más revolucionarios de la burguesía y la plebe, programa apoyado en 1848 por Marx en nombre de toda la democracia de vanguardia. Las guerras feudales y dinásticas se oponen entonces objetivamente a las guerras revolucionarias democráticas, a las guerras de liberación nacional. Tal era la esencia de las tareas históricas de la época. Hoy en día, la situación objetiva de los Estados más avanzados de Europa es diferente. El desarrollo progresivo -aparte de los posibles y temporales pasos atrás- sólo puede lograrse en la dirección de la sociedad socialista, de la revolución socialista. A la guerra burguesa imperialista, a la guerra del capitalismo altamente desarrollado, objetivamente sólo se puede oponer, desde el punto de vista progresista, desde el punto de vista de la clase de vanguardia, la guerra contra la burguesía, es decir, en primer lugar, la guerra civil del proletariado contra la burguesía por el poder, la guerra sin la cual no es posible un movimiento progresista serio, y luego -sólo en ciertas circunstancias especiales- una posible guerra en defensa del Estado socialista contra los Estados burgueses. Por lo tanto, aquellos bolcheviques […] que estaban dispuestos a aceptar el punto de vista de la defensa bajo ciertas condiciones, de la defensa de la patria a condición de la victoria de la revolución y de la república en Rusia, permanecieron fieles a la letra del bolchevismo, pero traicionaron su espíritu, ya que Rusia, aunque fuera republicana, al participar en la guerra imperialista de las potencias avanzadas de Europa ¡seguiría librando una guerra imperialista! Al decir que la lucha de clases es el mejor medio contra la invasión, Junius sólo ha aplicado a medias la dialéctica marxista; ha dado un paso en el camino correcto y se ha apartado inmediatamente de él. La dialéctica marxista exige el análisis concreto de cada situación histórica particular. Que la lucha de clases es el mejor medio contra la invasión es cierto tanto en el caso de la burguesía que derroca al feudalismo como en el del proletariado que derroca a la burguesía. Y precisamente porque es válida para toda la opresión de clase, es demasiado general y, por tanto, insuficiente para esta situación particular. La guerra civil contra la burguesía es también uno de los aspectos de la lucha de clases, y sólo este aspecto de la lucha de clases podría librar a Europa (a toda Europa y no sólo a un país) del peligro de invasión. La “gran república alemana”, de haber existido en 1914-1916, habría librado la misma guerra imperialista[7].

Lenin es clarísimo: la lucha de clases es el mejor medio contra la invasión, pero el aspecto de la lucha de clases que por sí solo puede librar a toda Europa -hoy diríamos también a Ucrania- del peligro de invasión es la guerra civil contra la burguesía.


Hace un siglo, Lenin volvió a afirmar que

El imperialismo es la etapa suprema del desarrollo del capitalismo. El capital ha sobrepasado los límites de los Estados nacionales en los países avanzados, ha sustituido la competencia por el monopolio y ha creado todas las condiciones objetivas previas para la implantación del socialismo. Por lo tanto, en Europa Occidental y Estados Unidos la lucha revolucionaria del proletariado por el derrocamiento de los gobiernos capitalistas y la expropiación de la burguesía está a la orden del día[8].

Se plantea la cuestión de si, en más de cien años, el área en la que “la lucha revolucionaria del proletariado para derrocar a los gobiernos capitalistas y expropiar a la burguesía estaba a la orden del día” se ha ampliado o ha quedado confinada a Europa Occidental y a los Estados Unidos. La respuesta a esta pregunta marca un punto de inflexión entre los marxistas y los que reclaman un supuesto “análisis concreto de la realidad concreta” sólo cuando los “principios” no se corresponden con sus deseos… o intereses, y a la inversa citan a los clásicos -sin captar su método o alterándolos- cuando necesitan prestar el manto de autoridad a sus deseos… o intereses.

Si Lenin pudo ver correctamente un cambio desde la época de Marx y Engels, con el desarrollo del imperialismo, con sus connotaciones de división del mundo en colonias y esferas de influencia, con la reducción de las áreas del planeta en las que las tareas democrático-burguesas eran resolubles por las revoluciones nacionales, por otro lado, hoy, en comparación con hace más de un siglo, se rechaza el análisis concreto de las diferentes realidades nacionales en el imperialismo maduro; se rechaza la evidencia de las reivindicaciones nacionales que han sido construidas artificialmente por el imperialismo o que sólo son relevantes porque son impugnadas por las distintas potencias imperialistas en su contienda; se niega la debilidad y el compromiso de las burguesías de algunas nacionalidades que aún no tienen estado y la debilidad del proletariado en las tierras de nadie imperialistas, donde la superposición de múltiples intereses crea enredos nacionales que no son resolubles desde el punto de vista nacional en la actualidad. El hecho de que no puedan resolverse para siempre dentro de las relaciones de producción capitalistas no es sostenible en términos absolutos, precisamente porque el materialismo histórico nos permite comprender que todo límite es relativo, transitorio[9], así como nos permite comprender que aplicar servilmente la línea táctica de un ciclo anterior es no comprender la metodología que permitió elaborar esa línea y en la práctica significa traicionar su sentido profundo, causando un daño a la clase obrera internacional.

En lugar de una obsecuencia pedante e interesada a un esquema, sería el caso de reconocer que el elemento nacional para Lenin, como para Marx y Engels, juega un papel sólo si está subordinado al punto de vista de clase, si refuerza la lucha de clases. La nación (entendida como Estado-nación) es una categoría transitoria que puede ser útil dentro del proceso histórico que tiende a hacerla desaparecer. Sólo en esto radica su peso. Esta categoría para los comunistas no tiene valor en sí misma.


Hemos argumentado, y seguimos haciéndolo, que la guerra en Ucrania es una guerra imperialista por ambas partes. Expliquémonos. No puede ser la indiscutible agresión e invasión rusa del territorio ucraniano lo único que determine el carácter imperialista de esta guerra, porque ninguna guerra excluye la agresión y la invasión. Las guerras de la antigüedad vieron la agresión y la invasión sin ser imperialistas, las guerras del feudalismo y del absolutismo igualmente, las guerras revolucionarias e incluso las guerras de liberación nacional contemplan la posibilidad de atacar preventivamente al enemigo e invadir su territorio para derrotarlo en sus centros de poder. Por otra parte, la defensa del territorio nacional contra la invasión de las tropas enemigas no es suficiente para definir una guerra de liberación nacional; en 1914 Francia vio cómo parte de su territorio era invadido por las tropas del imperio alemán, pero su “resistencia” no estaba fuera del marco de una guerra imperialista. Se objetará que Ucrania no es la Francia de 1914, y con razón, pero Ucrania tampoco es la misma que en 1914, y sobre todo la extensión mundial de la etapa imperialista del capitalismo -con todo lo que ello implica- no es la misma que en 1914, y no lo ha sido durante mucho tiempo. Sería un buen momento para asumir esta realidad.

Para el capitalismo, los antiguos Estados nacionales, sin cuya formación no habría podido derrocar el feudalismo, se han vuelto estrechos. El capitalismo ha desarrollado la concentración hasta tal punto que ramas enteras de la industria están en manos de sindicatos, trusts, asociaciones de capitalistas multimillonarios, y casi todo el globo está repartido entre estos “señores del capital”, ya sea en forma de colonias o a través de la red de explotación financiera que une a los países extranjeros con mil hilos. [10]

Si en 1915 para Lenin “casi todo el globo” estaba dividido de forma imperialista, ¿qué podemos observar hoy sino la partición completa del globo, ya no en forma de colonias -de las que han surgido nuevos estados plenamente capitalistas e incluso nuevas potencias imperialistas- sino cada vez más “a través de la red de explotación financiera que une a los países extranjeros con mil hilos”?

Aunque Ucrania no puede llamarse potencia imperialista, ¿es o no es reaccionario su gobierno burgués[11]? ¿Sería correcto llamarlo un país colonial dominado por el atraso semifeudal, como Marruecos, India, Persia o China en 1915? ¿Es o no Ucrania un país capitalista atado con mil hilos al imperialismo mundial? ¿Está o no está enredada en una red de alianzas imperialistas cuya fluidez ha permitido al imperialismo ruso atacarla por el momento sin desencadenar una intervención militar directa del imperialismo estadounidense o alemán, o francés, o italiano? ¿Es o no un país capitalista que explota a su propia clase obrera y oprime a la minoría de habla rusa en su territorio? En este caso concreto, no se aplica la calificación de guerra “defensiva” o “defensa de la patria”.

constituiría una falsificación histórica y, en la práctica, sólo un engaño al pueblo sencillo, a la pequeña burguesía, al pueblo ignorante, por parte de los astutos amos de la esclavitud [12].

¿Acaso Ucrania, que oprime a las minorías, que no sólo es objeto de opresión sino también un peón en el juego de las potencias imperialistas, libra hoy una lucha contra la opresión extranjera? Creemos que en este caso el aspecto nacional de la resistencia contra la invasión rusa desempeña un papel marginal en relación con el cuadro general, fundamentalmente imperialista, del conflicto. ¿Qué libertad defiende la burguesía ucraniana al dirigir la guerra antirrusa? ¿Libertad del imperialismo? Pero, ¿la liberación del imperialismo ruso implica la liberación del imperialismo estadounidense, del de las potencias europeas o del de China? ¿El hecho de que Ucrania no haya alcanzado la madurez imperialista, la puntuación completa de las “cinco marcas” de Lenin, puede ocultar el hecho de que está luchando, defensivamente, por delegación, una guerra imperialista que en otras circunstancias podría haber sido ofensiva? ¿Y no podría considerarse un acto ofensivo permitir en su propio territorio la creación de bases militares y de misiles para una o varias potencias imperialistas contra otras? ¿Permitir que se realicen en su territorio maniobras y ejercicios militares conjuntos con los ejércitos de una o varias potencias imperialistas contra otras?

Podría argumentarse que la adhesión de Ucrania a una esfera de influencia imperialista en lugar de otra representa su “libre elección”, ratificada por todos los estratos de la población en elecciones libres que dieron democráticamente su mandato a los gobiernos ucranianos que hicieron esa “elección”. Todo esto sería muy edificante si, como marxistas, no supiéramos que las ideologías dominantes son las de la clase dominante y que, en la democracia burguesa de la época imperialista, no es el interés de la clase dominada el que se expresa en las elecciones sino el de las principales fracciones burguesas que utilizan toda su parafernalia de partidos, movimientos políticos, periódicos, televisión, instituciones culturales, etc. para transformar “su” interés en una “elección libre y voluntaria” de la clase dominada.

La burguesía ucraniana ha “elegido” a qué corruptor imperialista se va a vender, y el proletariado ucraniano tiene la carga de sufrir las consecuencias de sus elecciones, sean las que sean. Ya sea para elegir formar parte de la esfera de influencia del imperialismo ruso, más débil y con menos capacidad de exportar capital a Ucrania, o para formar parte de la esfera de influencia de EE.UU. o de las potencias europeas -sin olvidar las importantes relaciones comerciales con China- desencadenando una reacción militar de Moscú que, si se quiere, es ejemplarmente indicativo de la debilidad del imperialismo ruso que -a pesar de las muñecas sobre la locura, la irracionalidad o el error de cálculo de Vladimir Putin- no ha sido capaz de continuar su política “por otros medios” que no sean los militares.

Para los que quieran entenderlo: no se trata en absoluto de “justificar” la agresión imperialista rusa, sino de poner de relieve las causas profundas de esta guerra y su carácter imperialista en todos los frentes, igualmente condenable por el proletariado internacional, sean cuales sean las relaciones de fuerza recíprocas entre las potencias imperialistas implicadas, directa e indirectamente.

La burguesía ucraniana lucha por compartir con las potencias imperialistas a las que se ha vinculado el privilegio de explotar al proletariado ucraniano. La burguesía ucraniana, no imperialista según los criterios económicos, está librando una guerra imperialista contra otro imperialismo, que la ataca para devolverla a su esfera de influencia o para neutralizarla tras anexionarse parte de su territorio.

Más allá de la existencia o no en Ucrania de elementos de autoconciencia proletaria capaces de comprender este hecho fundamental y de actuar en consecuencia -elementos que, si existen, desgraciadamente no parecen actualmente capaces de cambiar el cuadro general-, el apoyo a la “resistencia” ucraniana, burguesa y absolutamente no antiimperialista, para los proletarios ucranianos significa objetivamente “ayudar a “su” gobierno en situaciones difíciles, en lugar de utilizar sus dificultades en interés de la revolución”[13]. 13] Persistir en negar esto, por parte de varias organizaciones de todo el mundo que se refieren al marxismo, es oportunismo, es chovinismo social. Y uno no puede considerarse exonerado de esta acusación por el mero hecho de que no sea -por el momento- el nacionalismo de la propia burguesía al que intenta agarrarse una parte de nuestra clase mundial.

Sobre la base de la guerra actual, es imposible ayudar a Ucrania, es decir, a su burguesía, si no es ayudando a asfixiar al proletariado ucraniano y ruso. Se trata de la guerra imperialista, la guerra entre gobiernos burgueses reaccionarios e históricamente superados, una guerra librada principalmente para la opresión del proletariado de otras naciones. Nunca antes la advertencia y la entrega de Lenin han sido tan válidas como hoy:

Quien justifica la participación en la guerra actual, perpetúa la opresión imperialista de las naciones. Los que aconsejan aprovechar las dificultades actuales de los gobiernos para la lucha por la revolución social, defienden realmente la libertad de todas las naciones que sólo puede alcanzar el socialismo[14].

Como comunistas e internacionalistas reconocemos y defendemos el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, siempre. Reconocer y defender este derecho no significa, sin embargo, admitir hoy, en las condiciones actuales de la etapa imperialista, el más mínimo papel progresista de las burguesías nacionales de las nacionalidades oprimidas; no significa olvidar el papel preponderante de las potencias imperialistas; no significa creer que, en los diversos escenarios de opresión nacional aún existentes hoy, dadas las circunstancias actuales, exista una posibilidad real de obtener esta autodecisión sin intervención imperialista directa o indirecta, o sin una movilización revolucionaria del proletariado, nacional o regional.

Como comunistas e internacionalistas, denunciamos la utilización instrumental de las cuestiones nacionales por parte de las potencias imperialistas y la utilización igualmente instrumental de las organizaciones y grupos de cierta izquierda pequeñoburguesa que, al apoyar una u otra reivindicación nacional, y en la medida en que tienen alguna influencia sobre la clase obrera, la vinculan precisamente a los intereses de una u otra potencia imperialista. Como comunistas e internacionalistas, subordinamos la reivindicación de la autodeterminación nacional a la reivindicación de clase, que, en las circunstancias concretas actuales, consideramos la única alternativa a la solución imperialista de las cuestiones nacionales no resueltas. Un acuerdo que, lejos de resolverlos, sólo puede exacerbarlos, quizás invirtiendo su signo.

En la actualidad, evaluando cada una de las cuestiones nacionales abiertas, creemos que la única manera de que el proletariado luche contra una opresión imperialista extranjera es acabar con su propia burguesía, vendida y aliada a uno u otro de los contendientes de un sistema imperialista que dice querer combatir. El proletariado de hoy no puede ser consecuentemente antiimperialista si no liquida previamente a su propia burguesía; no puede luchar contra ningún enemigo externo si se somete a las exigencias del interno.

Es innegable que incluso en la guerra actual en Ucrania hay elementos de opresión nacional, de hecho, estos elementos se manifiestan con el progreso de cualquier guerra imperialista, pero igualmente innegable es que el carácter predominante de esta guerra no es el de una lucha por la “liberación nacional”, porque la libertad económica y política de Ucrania era muy relativa incluso antes de la invasión rusa y ciertamente no se liberará de la dominación imperialista sólo con la derrota del imperialismo ruso.

En cualquier caso, no contribuye en absoluto a hacer conscientes los posibles y por el momento muy remotos “estados de ánimo revolucionarios” del proletariado ucraniano, a “profundizarlos y clarificarlos”[15], la consigna de su participación en una “resistencia” que no es más que la participación en una guerra imperialista librada por delegación por la burguesía ucraniana; en la perspectiva, esta tarea sólo puede tener alguna esperanza de ser cumplida por la denuncia inflexible de la guerra como guerra imperialista, por la reafirmación decisiva del internacionalismo proletario y por la

…por la consigna de convertir la guerra imperialista en guerra civil; y toda lucha de clases consecuente en tiempos de guerra, toda táctica de “acción de masas” aplicada seriamente, conduce inevitablemente a ello[16].

Antes de que alguien se lance a hacer comparaciones precipitadas entre la situación actual de Ucrania y la guerra que en 1871 condujo al levantamiento del proletariado parisino y a la proclamación de la Comuna, conviene recordar lo que Lenin escribió en El socialismo y la guerra:

Hace medio siglo, el proletariado era demasiado débil, las condiciones objetivas para el socialismo aún no habían madurado, no podía existir la vinculación y colaboración de los movimientos revolucionarios en todos los países beligerantes. La simpatía de una parte de los obreros de París por las “ideologías nacionales” (una tradición de 1792) era una debilidad pequeñoburguesa suya, que Marx constató en su momento: fue una de las razones de la derrota de la Comuna. Medio siglo después, las condiciones que debilitaron la revolución entonces ya no existen, y sería imperdonable que un socialista de hoy tolerara la renuncia a actuar precisamente con el espíritu de los comuneros de París.

Hoy, ciento cincuenta años después, las condiciones objetivas para el socialismo existen a escala mundial, pero, como entonces -de hecho, menos que entonces- no hay vinculación y colaboración de los movimientos revolucionarios en todos los países beligerantes, o peor aún, los movimientos revolucionarios ni siquiera existen, y el proletariado es completamente adicto a las “ideologías nacionales”. Es tanto más inexcusable hoy en día que un socialista tolere predicar una renuncia a la acción precisamente en el espíritu de los comuneros parisinos, que hicieron girar sus armas y cañones -que fueron comprados con las suscripciones de los trabajadores y no les fueron entregados por la burguesía, precisamente porque ésta no sentía que pudiera confiar en su patriotismo (a diferencia de lo que ocurre hoy en Ucrania)- contra el enemigo interno ante los prusianos de turno.

En 1956, en Hungría, los proletarios que se oponían pistola en mano al capitalismo de Estado y a los tanques del imperialismo soviético poseían una forma embrionaria de autonomía de clase. De hecho, se organizó una red de consejos obreros en todos los centros industriales del país, llegando en pocos días al umbral de un dualismo de poderes que fue reabsorbido por la expresión política del capital húngaro (representado por Nagy) que, de nuevo, maniobró para comprometerse con el imperialismo. Estos consejos obreros exigían aumentos salariales, la abolición de las “normas” esclavistas en las fábricas, la supresión de la jerarquía salarial, la autogestión obrera en las fábricas, la retirada de las fuerzas armadas rusas y, en la mayoría de los casos, en Budapest, Sopron, Miskolc, la formación de una “república de consejos”. Las milicias obreras que luchaban con cócteles molotov y fusiles contra los tanques soviéticos, mientras ondeaban banderas nacionales, no renunciaban a intentar confraternizar con los soldados rusos dirigiéndoles octavillas con frases de Marx en señal de internacionalismo proletario.

Hoy en día, hay quienes quieren hacer pasar el armamento y la inclusión de los trabajadores en el ejército nacional y la milicia nacionalista ucraniana como un paso hacia la independencia de clase del proletariado, y expresan su aburrimiento e impaciencia con los “pretenciosos” llamamientos internacionalistas. Para defender a ultranza esta tesis preconcebida, se ha inventado que en la lucha contra el invasor ruso la “resistencia” ucraniana ha sobrepasado los límites que le impone el control de la burguesía ucraniana -y no olvidemos el de los imperialismos que la apoyan, financieramente y con ayuda militar de todo tipo- sobre el ejército y las milicias nacionales; han llegado a afirmar que el hecho de que los obreros ucranianos participen activamente en la reconversión de las fábricas a la producción de guerra -fábricas cuya propiedad burguesa o estatal-burguesa ni siquiera se conoce que haya sido puesta en duda-, desbarataría los planes del imperialismo mundial; han llegado a inventar que las milicias territoriales nacionalistas, auxiliares del ejército nacional y, como éste, controladas por los cuadros militares de la burguesía ucraniana y de los imperialismos aliados a ella, son “escuadrones de autodefensa”… ¿de qué? ¿De las vidas de los trabajadores? ¿De sus hogares? Seríamos los primeros en saludarles con entusiasmo y apoyarles con todos los medios disponibles si existieran, pero al igual que una cereza confitada no convierte un cubo de estiércol en una tarta de chocolate, la naturaleza de clase del conflicto en Ucrania no cambia ni un ápice en virtud de la existencia de un “comité de resistencia” que lleva el nombre del anarquista Néstor Machno (si es que puede considerarse una cereza), cuyo tamaño y composición se desconocen y del que sólo se sabe lo que dice de sí mismo en Internet. A decir verdad, lo que este “comité maknovista” entiende por internacionalismo proletario deja pocas esperanzas por el momento. Invita al “pueblo” ruso a levantarse contra su tirano, y hasta aquí, salvo el destinatario genérico de la invitación, se podría estar de acuerdo, el problema es que no se dirige una invitación similar a la clase obrera ucraniana, cuya entrega es exclusivamente para luchar contra el tirano ruso. Por lo tanto, no es ni siquiera un cuestionable “vete tú delante que yo te sigo”, sino incluso un: “el enemigo es sólo el que está en casa”. Este “internacionalismo” es perfectamente compatible con las exigencias de la burguesía ucraniana, con las de las potencias imperialistas que la apoyan a distancia e incluso con las del imperialismo ruso. Desde luego, a la clase obrera no le interesa tener nada que ver con ello.


Sin duda, sin una lucha contra toda la opresión nacional no es posible alcanzar el “alto objetivo de los socialistas”[17], pero la lucha contra toda la opresión nacional no se identifica con la participación del proletariado de la nación oprimida en toda guerra que no tenga este carácter como predominante. Además, si para un comunista es un deber reconocer el derecho de autodeterminación de los países oprimidos por el suyo, porque esto perjudica indudablemente a su propio imperialismo, apoyar incondicionalmente toda reivindicación de autodeterminación de las nacionalidades oprimidas por terceros países puede no ser tan inocente y altruista como parece. Por el contrario, puede encajar perfectamente en la lógica de la disputa entre potencias imperialistas, a favor de una u otra. No es casualidad que algunas cuestiones nacionales permanezcan sistemáticamente al margen de las consideraciones de cierta “izquierda”.

Lenin escribe:

El hecho de que la lucha por la libertad nacional contra una potencia imperialista pueda ser utilizada, en determinadas condiciones, por otra “gran” potencia para sus fines igualmente imperialistas, no puede obligar a la socialdemocracia a renunciar al reconocimiento del derecho de las naciones a la autodecisión…[18].

Lenin es muy claro en este punto. Pero la claridad no siempre evita la distorsión interesada. Lenin se empeña en señalar que los comunistas de una nación opresora podrían justificar fácilmente su apoyo a la opresión nacional alegando que los hilos del movimiento de la nación oprimida por la independencia de su país están siendo movidos por otras potencias imperialistas competidoras. Esto puede ser cierto -y hoy, en principio, lo es-, pero, sin embargo, los comunistas de las naciones opresoras tienen el deber de reconocer el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas en primer lugar por su propio país, siempre, incluso en el caso de una guerra cuyo carácter fundamental no es el de la liberación nacional. Es la única manera de estar seguros de que esos comunistas no están haciendo realmente concesiones a su burguesía. Pero cuidado, esto no implica para ellos el deber de exigir a los comunistas del país oprimido que pongan al proletariado al servicio de su propia burguesía nacional[19]. Para Lenin, los comunistas de la nación oprimida no deben permitir de ninguna manera que el proletariado se convierta en un instrumento de uno u otro de los imperialistas competidores, pero esto sólo es posible si preservan la necesaria independencia de clase.

Recientemente nos hemos encontrado con comparaciones muy atrevidas entre el envío de armas a Ucrania por parte de la OTAN y las potencias europeas y el envío de armas a Irlanda por parte del Reich alemán durante la Primera Guerra Mundial. Para decirlo sin rodeos: ya es hora de que dejemos de una vez la recurrente estafa de evocar la insurrección irlandesa cada vez que queremos endulzar la píldora socialchovinista. En 1916, Irlanda era un país que luchaba contra siglos de dominio colonial y que había atrofiado su pleno desarrollo capitalista, no un país formalmente independiente, ampliamente industrializado, con centrales nucleares, que oprimía a las minorías y con clases sociales establecidas y enfrentadas desde hacía tiempo, como la actual Ucrania. Lenin acogió con beneplácito el Levantamiento de Pascua de 1916 porque creía -sobre la base de la información de que disponía- que a la cabeza del mismo estaba no sólo un sector de la pequeña burguesía nacionalista radical y de los obreros atrasados, con todos sus “prejuicios, fantasías reaccionarias, debilidades y errores”, sino también “la vanguardia consciente de la revolución, el proletariado avanzado”, presumiblemente representado por el Ejército Ciudadano Irlandés del socialista James Connolly. Y es absolutamente cierto que Connolly se puso al frente del movimiento insurreccional, pero es igualmente cierto que no cumplió con un criterio fundamental destacado por Lenin unos años más tarde, quizás también a la vista de los acontecimientos irlandeses:

… la Internacional Comunista debe apoyar los movimientos democrático-burgueses nacionales en las colonias y países atrasados sólo a condición de que, en todos los países atrasados, los elementos de los futuros partidos proletarios -comunistas de hecho y no sólo de nombre- se agrupen y se eduquen en la conciencia de sus tareas particulares, consistentes en la lucha contra los movimientos democrático-burgueses dentro de su propia nación. La Internacional Comunista debe concertar alianzas provisionales con la democracia burguesa en las colonias y los países atrasados, pero no debe fusionarse con ella y debe salvaguardar absolutamente la autonomía del movimiento proletario incluso en su forma embrionaria[20].

Porque aunque Connolly había estado durante muchos años muy acertado en su planteamiento de la cuestión nacional irlandesa en términos clasistas e internacionalistas, fue durante la Primera Guerra Mundial cuando pasó de la posición: “No servimos ni al Rey ni al Kaiser, sino a Irlanda” a otra que le llevó a afirmar públicamente, en el artículo El Kaiser y los socialistas del 4 de diciembre de 1915 -refiriéndose a la entrevista con Guillermo II realizada por el socialdemócrata alemán Anton Friedrich, que

… muestra al monarca bajo una nueva luz. El autor dice que el monarca ha cambiado completamente sus opiniones hacia los socialistas y que ahora los considera “espléndidos camaradas”, al menos a la mayoría de ellos […] Nadie puede esperar que las opiniones del Káiser sean las de un radical o un socialista, pero no cabe duda de que comprende mucho mejor los objetivos de la izquierda radical en el Parlamento y tiene más simpatía por ellos de lo que el mundo sabe”[21].

Que conste que estamos hablando del mismo Friedrich Wilhelm Viktor Albrecht von Hohenzollern que, en su famoso “Discurso del Huno” pronunciado en 1900 con motivo de la partida de los soldados alemanes a China, donde debían sofocar la rebelión de los bóxers con sangre, dijo:

¡Sin perdón, sin prisioneros! Al igual que hace mil años los hunos, bajo el mando del rey Atila, se hicieron un nombre que todavía les hace parecer formidables en la tradición y la leyenda, que el nombre “alemán” en China, a través de usted, adquiera tal reputación durante mil años, de modo que un chino nunca más se atreva a mirar de reojo a un alemán.

Estamos hablando del mismo Kaiser que aconsejó a los soldados alemanes que estuvieran “preparados para disparar a sus propias madres si fuera necesario” en caso de “disturbios” internos. Es muy difícil para Connolly ignorar estas muestras de “simpatía” tangibles del Kaiser….

Como escribe Liam O’Ruairc:

No cabe duda de que en septiembre de 1914 Connolly no sólo deseaba una victoria alemana sobre Gran Bretaña, sino que también elogiaba a Alemania como un Estado moderno y progresista en el que residía la “clase obrera más educada del mundo, el mayor número de periódicos sindicales, el mayor número de parlamentarios y representantes locales elegidos sobre una plataforma de la clase obrera, el mayor número de votantes socialistas: todo esto era una indicación infalible del alto nivel de inteligencia de la clase obrera alemana, y de su fuerte posición tanto en la política como en la industria”. Esto es lo que Connolly denominó “la alta civilización de toda la nación alemana”. En esta fórmula ha basado Alemania su éxito comercial. Y su éxito en la guerra. Connolly creía que Alemania ganaría la guerra. Consideraba que los éxitos bélicos de Alemania se debían a la naturaleza “socializada” del país y lo contraponía a la imagen de los “cosacos salvajes” de Rusia secuestrando a las hijas de una raza que estaba a la “cabeza de la civilización cristiana”. Estas opiniones fueron evidentes desde el principio de la guerra[22].

Al fin y al cabo, no son más que los mismos argumentos utilizados por los socialpatriotas alemanes para justificar su adhesión a la guerra de su propio imperialismo.

Como Lenin, que dedicó muy pocas páginas a Connolly y al levantamiento de Dublín, escribió al final a una batalla política muy concreta

Entre los chovinistas sociales se encuentran tanto los que justifican y ponen en buen lugar a los gobiernos y a la burguesía de uno de los grupos de potencias beligerantes, como los que, como Kautsky, reconocen que los socialistas de todas las potencias beligerantes tienen el mismo derecho a “defender la patria”[23].

Nos parece indiscutible que el internacionalismo de Connolly, en sus últimos años, vaciló mucho (para ser indulgentes con alguien que, al menos, arriesgó y perdió su vida, a diferencia de los chovinistas sociales alemanes, o franceses, o ingleses…) y que se alejó de una valoración de la Primera Guerra Mundial como una guerra imperialista en todos los frentes, tanto el de la Entente como el de los Imperios Centrales. El limitado apoyo militar y financiero del Reich alemán al movimiento independentista irlandés no podía justificar el abandono de una posición de clase internacionalista y su sustitución por el apoyo a uno u otro de los merodeadores de la guerra. Lenin llegó a Rusia con la ayuda del Estado Mayor alemán, pero no negoció por principio con el imperialismo alemán. No dio el más mínimo fundamento serio a la acusación de que era un “agente del Kaiser”, aunque todos los socialchovinistas le acusaron de ello. En cuanto a las armas, el problema no es de dónde vienen sino cómo se utilizan. Si se obliga al proletariado a hacer uso de las armas suministradas por el imperialismo, subordinándolo a los intereses de la burguesía nacional -aunque esté oprimido-, se le pone automáticamente al servicio del imperialismo que las ha suministrado a esta burguesía. Si, por el contrario, se preserva la independencia de clase, las armas pueden venir incluso de la casa del diablo, porque se utilizarán contra la burguesía nacional y contra el imperialismo. Desgraciadamente, Connolly y los socialistas irlandeses abdicaron de la independencia de clase del proletariado al fusionarse con los nacionalistas burgueses en sus términos y subordinar a la clase obrera a sus exigencias. Una de las consecuencias más trágicas del levantamiento fue la desaparición del núcleo de los socialistas revolucionarios irlandeses, sólo un año antes del estallido de la revolución en Rusia. Cuando la siguiente oleada de luchas se levantó en Irlanda en 1919-22, sólo quedaban los átomos dispersos de una autoconciencia proletaria para influir en los acontecimientos. Las consecuencias de esto todavía son visibles en la división de Irlanda. Se trataría de razonar sobre ello, en lugar de recopilar citas “seleccionadas”.

Para Lenin, y para los internacionalistas posteriores, lo que los comunistas pueden y deben hacer en toda situación de opresión imperialista es tratar de organizar al proletariado del país opresor en conjunto con el proletariado del país oprimido, para presionar a su propia burguesía para que reconozca el derecho a la autodeterminación de la nación oprimida o, en el mejor de los casos, para derrocar a la burguesía del estado opresor y asegurar este reconocimiento; Los comunistas internacionalistas tienen entonces el deber de solidarizarse con el proletariado de la nación oprimida y prestarle ayuda práctica cuando este proletariado lucha contra el ejército del Estado opresor desde una posición de independencia de clase; Siempre tienen el deber de esperar y acelerar, si es posible, la derrota de su propio ejército a través de la lucha de clases, en el frente y en la retaguardia, contra su propia burguesía y su Estado, pero nunca sugerir al proletariado de la nación oprimida que suspenda la lucha contra su propia burguesía; que es correcto abrazar, ideológicamente o de hecho, el nacionalismo y el odio a la nacionalidad indiferenciada del país opresor, que también se compone de clases opuestas.

Hoy, si las circunstancias lo permitieran, los proletarios rusos deberían exigir la retirada unilateral de Ucrania, sin peros, promover la derrota de su propio ejército independientemente del comportamiento del proletariado ucraniano, pero, especulando, el deber internacionalista de los proletarios ucranianos les exigiría luchar primero contra su propia burguesía si realmente quieren luchar contra el imperialismo ruso. Y esta lucha no puede prescindir de los intentos de vinculación con los proletarios rusos. Una lucha contra el imperialismo ruso que no sea también una lucha contra la burguesía nacional no es más que la participación en una guerra imperialista por delegación, que la invasión de territorio permite a algunos disfrazar de “guerra nacional”.


Pero, ¿qué instrucciones prácticas y concretas podemos dar, como comunistas internacionalistas, a nuestros hermanos proletarios ucranianos atrapados entre el martillo de las bombas y las incursiones del ejército ruso y el yunque del alistamiento forzoso o ideológicamente fanático que está grabado en su sufrimiento real? ¿Qué consejo práctico podemos dar a esos padres, maridos e hijos proletarios ucranianos que desertan del reclutamiento forzoso en el ejército y la milicia porque no quieren morir y no quieren matar por encargo, y porque creen que la deserción y la renuncia son una forma más concreta y menos retórica de defender sus vidas y las de sus seres queridos que ser enviados al matadero? ¿Qué orientación podemos dar a las madres proletarias ucranianas y rusas que pierden a sus maridos e hijos, y a las madres ucranianas que se ven obligadas a huir a pie o por medios improvisados, arrastrando con ellas a sus hijos desnutridos y las pocas posesiones que han salvado de los escombros?

Si en Ucrania y Rusia existiera un sujeto de clase autónomo, incluso una forma de organización del proletariado débil pero independiente, no tendríamos dudas, responderíamos como lo hizo Lenin en 1916:

La militarización invade ahora toda la vida social. El imperialismo es la lucha encarnizada de las grandes potencias por dividir y repartirse el mundo: por ello debe extender inevitablemente la militarización a todos los países, sin excluir a los países neutrales y a las pequeñas naciones. ¿Cómo reaccionarán las mujeres proletarias ante esto? ¿Se limitarán a maldecir todas las guerras y todo lo que tenga que ver con ellas y a pedir el desarme? Las mujeres de una clase oprimida verdaderamente revolucionaria nunca aceptarán una función tan vergonzosa. Les dirán a sus hijos: “Pronto seréis mayores. Te darán un rifle. Tómalo y aprende a manejar bien las armas. Es una ciencia necesaria para el proletariado. No, no para disparar contra tus hermanos, contra los obreros de otros países, como ocurre en esta guerra y como te aconsejan los traidores al socialismo, sino para luchar contra la burguesía de tu país, para acabar con la explotación, la miseria y las guerras, no con intenciones piadosas, sino doblegando a la burguesía y desarmándola.”[24]

El proletariado consciente, en la guerra imperialista, no puede dejar de ver la relación entre los fracasos militares de su Estado y la mayor facilidad para derribarlo [25].

Desgraciadamente, por el contrario, el pensamiento evidente, incluso de algunos elementos inconscientes de nuestra clase, no es indicar al proletariado ucraniano, al menos en perspectiva, la necesidad de aprovechar los fracasos militares del gobierno de su burguesía para derrocarlo, sino unirse a este gobierno, luchar por él y junto a él con la pretensión de que esta acción conducirá milagrosamente a su fortalecimiento en términos de independencia de clase cuando la guerra termine -se da por sentado que saldrá victorioso-. Un hipotético refuerzo que, cabe señalar, ni siquiera tiene como objetivo el derrocamiento del gobierno burgués una vez superada la crisis o en vías de solución -y por tanto en todo caso en un momento en el que su debilidad presumiblemente habrá remitido o desaparecido-, sino sólo el de hipotecar imaginariamente la reconstitución de ese gobierno burgués.

Desgraciadamente, hoy, repetimos, tanto en Ucrania como en Rusia, no parece existir un sujeto de clase autónomo al que dirigir el llamamiento a transformar la guerra imperialista en guerra civil, si es que existe. No sólo el internacionalismo, que es el resultado, sino la propia capacidad de concebirse a sí mismo como clase se reduce a un mínimo histórico a nivel mundial. Sin embargo, sea cual sea la relación de fuerzas, debe perseguirse constantemente una perspectiva de clase internacionalista, independientemente de la posibilidad de su realización inmediata.

La actual guerra imperialista en Ucrania no se ha convertido en un conflicto interimperialista generalizado. No se puede descartar absolutamente que se convierta en una, y si no lo hace en esta, es inevitable que ocurra en el curso de las próximas guerras que prepara el imperialismo mundial. Italia, más allá de toda hipérbole, no está directamente en guerra con Rusia. ¿Cuál es la tarea de los internacionalistas en Italia? Sigue siendo tarea del proletariado tratar de impedir que su país entre en una guerra imperialista y, en caso de fracaso, tratar de transformar la guerra imperialista en una guerra civil revolucionaria. ¿Cómo? Mediante acciones revolucionarias contra su propio gobierno incluso en tiempos de guerra, acciones que para Lenin significan

no sólo desear la derrota de este gobierno, sino contribuir efectivamente a la derrota (para el “lector perspicaz”: no se trata en absoluto de “volar puentes”, de organizar motines militares condenados al fracaso y, en general, de ayudar al gobierno a aplastar a los revolucionarios)[26].

No conceder ningún respiro o suspensión en la lucha de clases contra la propia burguesía y su Estado en tiempos de guerra, este es el sentido general del derrotismo revolucionario. Para que el proletariado pueda estar a la altura de esta entrega en un futuro no muy lejano, para que se convierta realmente, y no en la imaginación de alguien, en un factor activo relevante, es necesario que los internacionalistas de hoy seamos conscientes de que partimos de cero, de que tenemos que arremangarnos, en un trabajo titánico de reconstrucción de la autoconciencia de la clase obrera y del internacionalismo proletario. Un trabajo diario, a contracorriente, que no satisface la vanidad individual con resultados inmediatos, llamativos, de dudosa consistencia. Una obra que ya no tolera los retrasos.

En cuanto a nuestros hermanos proletarios ucranianos y rusos, con o sin uniforme, no nos corresponde sugerirles soluciones individuales, como la renuncia al servicio militar obligatorio o la deserción -la deserción masiva sería ya la revolución-, que no nos atrevemos en absoluto a condenar con el desprecio que supuestamente hace que los héroes de la resistencia “popular” o “de clase” vuelvan la nariz, estrictamente a una distancia segura. Sin embargo, es nuestra tarea denunciar sin concesiones el carácter imperialista de esta guerra y señalar al proletariado ruso y ucraniano el principal enemigo en su propio país, sin cuya derrota no es posible actualmente ninguna lucha antiimperialista.


NOTAS

[1] B. Mussolini, Dalla neutralità assoluta alla neutralità attiva ed operante, “Avanti!”, 18 de octubre de 1914.

[2] A. Bordiga, Per l’antimilitarismo attivo e operante, “Il Socialista” del 22 de octubre de 1914.

[3] “… el reconocimiento incondicional de la lucha por la libertad de autodecisión no nos compromete en absoluto a apoyar toda demanda de autodecisión por parte de una nación. La socialdemocracia, como partido del proletariado, se propone como tarea concreta y principal apoyar la autodecisión no de los pueblos y naciones, sino del proletariado en cada nacionalidad. Debemos luchar siempre e incondicionalmente por la más estrecha unión del proletariado de todas las nacionalidades, y sólo en casos individuales excepcionales podemos avanzar y apoyar activamente las reivindicaciones que tienen como objetivo la creación de un nuevo estado de clase y la sustitución de la unidad federativa más débil por la plena unidad política del estado, etc.” Lenin, La cuestión nacional en nuestro programa, 1903, en La autodeterminación de los pueblos, editorial Massari, 2005, p. 77.

[4] Lenin, Sobre el panfleto de Junius, en Socialismo y Guerra, Lotta Comunista, Milán, 2008, p. 171.

[5] Ibid, p. 172.

[6] Lenin, Resultados de la discusión sobre la autodeterminación, en La autodeterminación de las naciones, Editori Riuniti, Roma, 1976, p. 185.

[7] Lenin, Sobre el panfleto de Junius, en Socialismo y Guerra, Lotta Comunista, Milán, 2008, pp. 177-180.

[8] Lenin, La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1916, en La autodeterminación de los pueblos, editorial Massari, 2005, p. 210.

[9] “…la socialdemocracia […] no se ata las manos en absoluto. Tiene en cuenta todas las combinaciones posibles, incluso todas las combinaciones imaginables en general, cuando defiende en su programa el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación.” Lenin, La cuestión nacional en nuestro programa, 1903, en La autodeterminación de los pueblos, editorial Massari, 2005, p. 84.

[10] Lenin, El socialismo y la guerra, Lotta comunista, Milán, 2008, p. 111.

[11] Cf. Ibid. p. 115.

[12] Cf. Ibid. p. 111.

[13] Cf. Ibid. p. 120.

[14] Ibid, p. 111.

[15] Cf. Ibid. p. 123.

[16] Ibid.

[17] Cf. Ibid. p. 126.

[18] Lenin, La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1916, en La autodeterminación de los pueblos, editorial Massari, 2005, p. 216.

[19] No hace falta decir que animar al proletariado a alistarse con consignas que de hecho se mezclan con las palabras nacionalistas de la burguesía es exactamente esclavizarlo.

[20] Lenin, Primer borrador de tesis sobre cuestiones nacionales y coloniales, 1920, en La autodeterminación de los pueblos, editorial Massari, 2005, p. 244.

[21] L. O’Ruairc, James Connolly, Germany and the First World War: Was Connolly a proto-Lenin? https://theirishrevolution.wordpress.com/2015/12/03/james-connolly-germany-and-the-first-world-war-was-connolly-a-proto-lenin/

[22] Ibid.

[23] Lenin, El socialismo y la guerra, Lotta comunista, Milán, 2008, pp. 116-117.

[24] Lenin, El programa militar de la revolución proletaria, OC, Editori Riuniti, Roma, 1965, volumen 23, pp. 80-81.

[25] Véase Lenin, El socialismo y la guerra, Lotta comunista, Milán, 2008, p. 125.

[26] Lenin, La derrota del propio gobierno en la guerra imperialista, 1915, OC, Editori Riuniti, Roma, 1966, p. 249

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