UCRANIA: LA AUTODETERMINACIÓN SOCIAL DEL PROLETARIADO Y SU SOBERANÍA INTERNACIONAL

Han pasado décadas desde que los tonos lúgubres de las sirenas antiaéreas resonaron por las calles de una ciudad europea; desde que las multitudes asustadas buscaron refugio de las bombas en sótanos, garajes y túneles subterráneos; desde que los tanques y los camiones militares recorrieron las calles en columnas interminables con todo el equipo de guerra. Esto es lo que está ocurriendo en Kiev, a unos cientos de kilómetros de las fronteras de la Unión Europea. A decir verdad, ya hemos visto escenarios similares en las sangrientas guerras de la antigua Yugoslavia y el Cáucaso, y en decenas de otros conflictos repartidos por este vasto mundo: de Irak a Afganistán, de Somalia a Yemen, de la Franja de Gaza a Siria… el rasgo común de todas estas guerras, en algunos casos olvidadas o descuidadas por los medios de comunicación burgueses, es su carácter imperialista, el estigma del capitalismo en su madurez, o más bien en su putrefacción tóxica.

En cada una de estas guerras -todas ellas circunscritas- vemos a las grandes potencias imperialistas enfrentarse -por el momento de forma indirecta- para arrebatarse mutuamente sus esferas de influencia, para imponer gobiernos más favorables a sus intereses, para condicionar las opciones de sus adversarios ocupando un territorio, o incluso para abandonar países enteros al caos con el único objetivo de dejar a los demás competidores los frutos envenenados de los conflictos irremediables y de las luchas de facciones.

Cada una de estas guerras se justifica con la defensa de aquellos principios que son “sagrados” para el derecho internacional burgués: la autodeterminación de las naciones, la soberanía nacional, el derecho de los “pueblos” a la autodeterminación. Sin embargo, el concepto de lo “sagrado” de las distintas fracciones del capitalismo mundial y de sus Estados tiene la elasticidad de un preservativo profano, si se me permite la metáfora. Las mismas potencias imperialistas que defienden la soberanía de una nación contra los impulsos secesionistas en un caso están dispuestas a darse golpes de pecho por la libertad y la autodeterminación de los pueblos contra la opresión nacional en otro; las mismas potencias imperialistas que ocupan un país extranjero por sus propios intereses capitalistas y estratégicos tachan de criminales las invasiones imperialistas de otros. Esto es extraño. Pero aún más extraño es que incluso entre los que dicen estar en el campo del internacionalismo, sigan dando crédito a la validez y consistencia intrínseca de estos principios de látex, que sólo sirven para encubrir la violación perpetrada contra el proletariado del mundo por el capital del mundo y sus funcionarios.
Los comunistas -que sólo tienen derecho a llamarse comunistas si son auténticamente internacionalistas- siempre han apoyado las reivindicaciones nacionales no por su valor abstracto sino por su contenido concreto. Muchos autodenominados “teóricos marxistas” de la validez absoluta de un principio metahistórico de autodeterminación nacional, eterno en toda dimensión espacio-temporal, deberían recordar que también el marxismo ha cuestionado alternativamente tanto la pretensión de independencia como la de soberanía. Los ejemplos de las consideraciones de Marx y Engels sobre las guerras de 1848-49 en Europa Central son demasiado conocidos para recordarlos aquí. ¿Y qué? ¿El marxismo, el socialismo científico, la teoría de clase del proletariado también se tomarían las mismas libertades que los imperialistas con los “sagrados” principios nacionales? Exactamente. Ni más ni menos. Porque en ambos casos se trata de afirmar un contenido concreto de esas reclamaciones, un contenido determinado por el interés de clase diferente y opuesto. La diferencia es, o al menos debería ser, que para el marxismo esta instrumentalidad no se disfraza con sermones descarados o prédicas hipócritas.
Para los comunistas, el único contenido de las reivindicaciones nacionales que tiene valor para la clase obrera es la creación de condiciones para el desarrollo de la industria capitalista y de las clases modernas que este desarrollo trae consigo; es la limpieza del campo de todos aquellos obstáculos materiales e ideológicos que oscurecen la conciencia del conflicto fundamental que caracteriza a la sociedad capitalista: la lucha de clases revolucionaria del proletariado internacional contra el capital internacional, sus funcionarios y sus Estados, por la superación de la sociedad capitalista, por el comunismo.
Lenin, cuya canción tantos repiten hoy sin conocer la música con la que él mismo la cantó, nunca, como marxista consecuente, sostuvo otra opinión.
La autodeterminación nacional debía ser una reivindicación que el proletariado de la nación dominante no podía eludir si el proletariado de la nación oprimida la hacía suya. Sin embargo, Lenin, que siempre antepuso el principio superior de la unidad internacional de la clase obrera al principio burgués de la autodeterminación, no consideraba obligatorio que los partidos obreros revolucionarios de las nacionalidades oprimidas por el zarismo incluyeran en su programa la reivindicación de la independencia nacional. Si había una obligación, era sólo la obligación del proletariado de la nación dominante, en este caso Rusia, de no hacer causa común con su burguesía en la opresión de las nacionalidades de la prisión de los pueblos zaristas, ni antes ni después de la toma del poder. Por eso, entre los primeros actos del gobierno revolucionario proletario ruso -representado por los bolcheviques desde 1917 hasta su caída hacia 1923- estuvo el reconocimiento unilateral, incondicional y total de la independencia de Polonia, Finlandia, las repúblicas bálticas y Ucrania.
Con gran placer escuchamos las palabras del representante político del imperialismo ruso, Vladimir Putin, condenando a Lenin y a los bolcheviques por la creación de la entidad estatal ucraniana. Se trata de una condena conmovedora, en contraposición a cualquier pretensión de continuidad peliaguda y desconcertante. Es perfectamente natural, de hecho, que Putin reivindique en cambio la continuidad con las reivindicaciones nacionales del imperio zarista y las de la contrarrevolución estalinista. Es el reconocimiento de la diferente naturaleza de clase del Octubre proletario y de la medianoche del siglo que representa el capitalismo de Estado ruso.
Evidentemente, y esto también es natural, la condena del líder bolchevique, por mucho que sea emitida por lo que las cancillerías de las principales potencias imperialistas llaman hoy “enemigo de la humanidad”, no puede representar en absoluto para la intelectualidad burguesa ninguna justificación del “dictador comunista Lenin”. Así florecen los análisis históricos “precisos” que niegan la “sinceridad” de las intenciones de Lenin al conceder la independencia a Ucrania, el carácter contradictorio y básicamente la continuidad con los intereses nacionales rusos al arrebatársela de nuevo durante la sangrienta guerra civil que siguió a la toma del poder. Evidentemente, mientras que la burguesía es lo suficientemente astuta como para anteponer sus propios principios cuando no sirven a sus intereses, el proletariado en el poder debe ser lo suficientemente ingenuo como para anteponer principios abstractos -ni siquiera los suyos propios- al cambiante contenido concreto de las reivindicaciones nacionales. Así, de acuerdo con el principio de la independencia de Ucrania, el proletariado ruso debería haber permitido a las potencias imperialistas europeas anexionarse Ucrania, apoyar a la burguesía ucraniana contra el proletariado ucraniano y utilizar el país como cabeza de puente para aplastar la revolución proletaria en Rusia e impedir su extensión internacional. Y se sorprenden de que, en cambio, el proletariado ruso, junto con el ucraniano, no lo haya permitido. Como hemos dicho, incluso para el marxismo las reivindicaciones nacionales son instrumentales, instrumentales para el interés de clase internacional fundamental del que se deriva el principio internacionalista del proletariado.
Hoy, el interés de clase fundamental del proletariado es el mismo en todos los rincones del planeta. El capitalismo es el modo de producción dominante. Los focos de opresión nacional existentes están situados en las líneas de falla del imperialismo, donde los intereses contrapuestos de las potencias se encuentran con mayor y mayor fricción, donde el constante roce de las placas tectónicas de influencia crea pantanos supurantes y bambúes. En estas zonas en disputa, el juego imperialista impide de hecho cualquier desarrollo autónomo y alimenta irremediables conflictos facciosos que duran décadas y cuyo único sustento proviene de los centros imperialistas que los esgrimen alternativamente para sus propios intereses de poder. En estas zonas en disputa, no existe una burguesía con los requisitos mínimos de fuerza social capaz de lograr alguna forma de autonomía del imperialismo u oponerse a él, y la débil estructura económica impide también, por desgracia, que el explotado y maltrecho proletariado liquide a su propia burguesía compradora empapada, corrupta y transigente y se oponga al imperialismo desde un punto de vista de clase.
Para el proletariado de hoy, las reivindicaciones nacionales han perdido cualquier contenido social, cualquier valor, aunque sea instrumental. El internacionalismo, o la autodeterminación social de la clase obrera y su soberanía internacional, está ahora a la orden del día.
Se acabaron los días en que los oportunistas podían jugar con interpretaciones ambiguas, internacionalismo a la carta y distinciones engañosas. Como las que ofrecen hoy muchos “izquierdistas”, que tan salivadamente se pegan la etiqueta de “internacionalistas”, que declaman lamentos poéticos sobre la autodeterminación de las repúblicas del Donbass y la libertad del “pueblo” ucraniano frente a la invasión rusa; por la independencia de Donetsk pero “no con tanques rusos” o por la libertad de Ucrania pero “no bajo la protección de la OTAN”.
No perdamos el aliento con los asquerosos restos del estalinismo que se ponen abiertamente del lado del imperialismo moscovita en continuidad con sus atávicas simpatías por la “madre Rusia”, a estos hijos de… Stalingrado y nietos del Pacto Molotov-Ribbentrop, no les pareció cierto hacer crujir la zanahoria de la “desnazificación” de Ucrania que les lanzó Putin.
Más taimados son los que camuflan su “campismo” bajo una capa muy fina y artificial de “internacionalismo”; los que califican de imperialista a la coalición que representa la OTAN, pero al mismo tiempo califican a la Federación Rusa de “meramente capitalista”, sugiriendo implícitamente que un grado diferente de desarrollo económico implica un grado diferente de reaccionar. Para ellos, la lección de Lenin sobre la omnipresencia e inextricabilidad de los intereses imperialistas en el mercado mundial no puede ser exagerada, y arrastran a sus tramas incluso a aquellos países que no han alcanzado la puntuación completa de las famosas “cinco marcas”. Resulta extraño que muchos de los que dicen estar vinculados al ejemplo de la Revolución de Octubre no tengan en cuenta que Lenin caracterizó la Primera Guerra Mundial como imperialista en todos los frentes, incluso en el de la atrasada Rusia zarista, que ciertamente estaba más atrasada que hoy.
¿Existe una opresión nacional ucraniana sobre la población de habla rusa en el Donbass? No lo negamos. Al igual que no negamos la existencia de escuadrones paramilitares nacionalistas en ambos bandos. ¿Tiene la reivindicación de la independencia del Donbass alguna autonomía respecto a los intereses del imperialismo ruso? Es ridículo afirmar que lo hace. Al igual que es ridículo pretender que la independencia del Donbass, que no es más que la antesala de su anexión a Rusia, pueda pasar hoy por otro camino que no sea el de los tanques rusos.
¿Está en peligro la independencia nacional de Ucrania por la invasión de una Rusia que incluso niega su historicidad? Exactamente igual que peligra su absorción en la esfera de influencia de las potencias imperialistas europeas o estadounidenses. Pero la diferencia es que Rusia impone su política por la fuerza de las armas. Las almas finas argumentarán: bueno, la guerra es sólo una continuación de la política cuando los medios de presión diplomática o económica no logran el objetivo. No nos sorprende la agresión rusa, que se produjo en un momento de relativa división interna de la potencia imperialista norteamericana; en un momento de aumento de los precios de los recursos energéticos, que se utilizarán como correa que se alargará o acortará según las reacciones de las potencias imperialistas de una Europa que no existe como unidad y que está parcialmente sometida a chantaje; en un momento en que la principal potencia imperialista europea está en medio de un gobierno de coalición sin precedentes.
Los que se engañan a sí mismos diciendo que el mundo capitalista ha dejado de utilizar el arma de la guerra cuando los demás instrumentos se han demostrado inútiles para lograr los objetivos de las potencias imperialistas, pueden rezar por la paz o lanzar un genérico “no a la guerra”, pero la paz del imperialismo es sólo el intervalo preparatorio de una nueva guerra inevitable.
Ningún objetivo político en el caos capitalista puede esperar que se logre en una vía sin curvas, desvíos o interrupciones en el camino; los planes mejor trazados se van al traste y casi todos los resultados son involuntarios.
En los próximos días y semanas veremos si la innegable demostración de fuerza de Rusia le permite alcanzar sus objetivos antes de convertirse en una muestra de debilidad, dada su igualmente innegable fragilidad económica; Veremos si la debilidad de la burguesía europea se transforma en algo más que el lanzamiento de sanciones, por el momento parciales y contradictorias, que además de ser un deber para la clase obrera, si se aplicaran con más coherencia podrían resultar un boomerang para sus economías; veremos si Estados Unidos considera que sus objetivos dictados por la contienda imperialista se han alcanzado sin el uso de armas militares; veremos si China, todavía en fase de acumulación prudente de fuerzas, mantiene su perfil de mediador.
Lo que desgraciadamente veremos con gran dificultad, dado el actual nivel de atraso de la autoconciencia de la clase obrera mundial, es una postura del proletariado ruso contra la guerra imperialista en Ucrania, contra su propia clase dominante y su Estado; un movimiento autónomo del proletariado ucraniano contra un orden mundial capitalista que produce, entre otras cosas, esos indecibles sufrimientos de la guerra cuyo peso deberá soportar -como siempre- la clase obrera; un movimiento del proletariado ucraniano dirigido principalmente contra su propia burguesía y sus oscilaciones entre un campo imperialista y otro, no para recuperar una ilusoria independencia nacional, sino para imponer a través de la agitación revolucionaria la unidad internacional de un proletariado que tiene los mismos intereses de clase detrás de todos los frentes de guerra y a través de todas las fronteras nacionales.
Para los internacionalistas, no hay “pueblos” agredidos y agresores, hay “clases” agredidas y clases atacantes. Las guerras imperialistas son una agresión de la burguesía internacional contra el proletariado, las revoluciones son la agresión del proletariado internacional contra las burguesías que lo explotan y lo envían al matadero por intereses que no son los suyos. Por lo tanto, la entrega de los comunistas no es un equívoco y sentimental “no a la guerra”, sino la lucha por transformar las guerras de agresión burguesas en guerras de agresión del proletariado.
¿Se trata de una “petición abstracta de principio”? La mayor “concreción” de los falsos internacionalistas se revela como lo que es: la incapacidad de ver más allá del dato actual, la desconfianza en la capacidad de recuperación del movimiento obrero sobre bases de clase y la necesidad de “tomar partido” a toda costa: en una palabra el apoyo “concreto”, aunque camuflado, a uno u otro de los campos imperialistas. El fetiche de las reivindicaciones nacionales con el que castrar y hacer ineficaz la consigna del internacionalismo tiene su base en las raíces sociales del oportunismo y el maximalismo y en la consiguiente concepción del Estado, que es al fin y al cabo la única encarnación “concreta” de las “naciones” y los “pueblos”.
Aunque todavía no parecen darse las condiciones para que esta consigna se transforme en algo más que una afirmación de intenciones, los auténticos internacionalistas, los comunistas proletarios, siguen en sus puestos, repitiéndola con valor y firmeza, contra todos los vientos en contra y las mareas crecientes, para que un día no muy lejano se recoja la bandera limpia, se convierta en el patrimonio de las masas, en el arma de liberación del proletariado mundial, en el instrumento de emancipación de una humanidad que suprima todas las divisiones.

¡NO AL ENVÍO DE ARMAS Y SOLDADOS POR PARTE DEL IMPERIALISMO EN CASA!
NO A LA GUERRA Y A LA PAZ BURGUESA
SÍ A LA GUERRA REVOLUCIONARIA DEL PROLETARIADO INTERNACIONAL

Rispondi

Inserisci i tuoi dati qui sotto o clicca su un'icona per effettuare l'accesso:

Logo di WordPress.com

Stai commentando usando il tuo account WordPress.com. Chiudi sessione /  Modifica )

Foto Twitter

Stai commentando usando il tuo account Twitter. Chiudi sessione /  Modifica )

Foto di Facebook

Stai commentando usando il tuo account Facebook. Chiudi sessione /  Modifica )

Connessione a %s...

%d blogger hanno fatto clic su Mi Piace per questo: